CATETO A BABOR (I)
Por motivos de trabajo desde el jueves de la semana pasada he estado de tourneé acompañado por media empresa. El plan, a priori, no era malo. Salí de Madrid rumbo a Ámsterdam donde iba a embarcarme en un crucero de dos días por el mar del norte rumbo a Copenhague. Aparte de que ha sido la primera vez que entro en un avión el último, el vuelo no tuvo nada reseñable. Llegamos a Amsterdam y tuvimos un par de horas de esparcimiento, tiempo que mi grupo aprovechó para visitar el Barrio Rojo y un coffe shop que nos encontramos por el camino. Yo había estado hacía muuucho tiempo y no había pasado por el tema de los escaparates. Curioso y patético al mismo tiempo. Tras aprovechar el tiempo deambulando por los bares de Amsterdam tuvimos que encaminarnos hasta el barco al que teníamos que subir. Nada más llegar nos encontramos con dos payasos que iban a procurar que la cola que había que hacer para el embarque fuera más amena. Las cervezas hicieron su efecto sobre mi vejiga y a la mitad del check in dejé a Betsy Mogollón ( eso ponía en su placa identificativa y lo miré un montón de veces para comprobar que no se me estaba yendo la olla ) con mis tarjetas de crédito, mis DNI´s y me fui corriendo a punto de explotar a un baño. A la vuelta iba mucho más feliz, me salté la interminable cola y me reencontré con la srta. Mogollón que muy amablemente me hizo una foto con una webcam mientras me daba la bienvenida ( la primera de las 200 que hay ). Mi objetivo era echarme a dormir hasta la hora de zarpar que había una fiesta y conseguir ser persona. Llegué a la entrada del barco, aquello era una mole de la que no me podía bajar en los siguientes dos días. Aunque me dio un amago de claustrofobia, los mariachis que estaban recibiéndonos me hicieron volver a la realidad. La foto de bienvenida me la salté, iba sólo y me pareció muy triste, así se lo hice saber al tipo de la cámara que no pareció entender que la soledad cuando estás con otras mil personas hay que esconderla. Al entrar empecé a ver de que iba el rollo de decoración del barco: moquetas, dorados, espejos y adornos imposibles.
Entregué la tarjeta que me había dado Betsy Mogollón y de una fila de tipos uniformados se me presentó uno con una amplia sonrisa que me acompañó a mi camarote. Busqué por el camino algo para dar propina, esto en otros tiempos me habría hecho sentirme incómodo, ahora, si no tengo, te jodes chavalín. Cuando llegamos al camarote me preguntó que si estaba sólo y a mi afirmación, me guiñó un ojo para decirme que habían subido muchas mujeres guapas al barco. Que no, que no hay propina.
Inspeccioné el camarote. En dos segundos había terminado, aquello era muy pequeño y tenía que estar contento, tenía una ventana grande desde la que veía el mar. Saqué la maría que había adquirido en Amsterdam para un encargo de un tipo que había salido en otro vuelo posterior e iba directo al barco. Mi camarote se convirtió en una embajada jamaicana, todo apestaba. Tras guardarla en una bolsa y en la maleta, me dormí. Hasta que creí que el barco empezaba a moverse. Empezaba el crucero y la fiesta en la cubierta 11.