CATETO A BABOR ( Y II )
Llegué a la cubierta 11 después de haberme subido en el primer ascensor que me encontré, tras haber dado alguna vuelta por pasillos llenos de camarotes. Allí, mientras el barco comenzaba a navegar, había montada una buena fiesta con barra libre, musica en directo y mucha gente con ganas de pasarlo bien. La fiesta duró un par de horas, luego me dí una vuelta de exploración. Aquelló era más grande de lo que pensaba, había un rocódromo para escalar, un casino, una sala de fiestas, tiendas, bares de todo pelaje... Me recogí para darme una ducha y vestirme para la cena. En el camarote tenía un tele en la que ponían en un canal durante todo el día la misma película, no pasé mucho rato seguido en el camarote pero conseguí ver las películas enteras. La cena era un restaurante en el que cabíamos alrededor de 1.000 personas, todo a lo bestia. A pesar de tanta gente a la vez, la comida estaba bastante bien, mucho mejor de lo esperado. Tras la cena y como no podía ser de otra manera la gente se diseminó por los diferentes bares del barco, yo acabé en la discoteca pero sin liarme en exceso.
Caí muerto en la cama y me dormí enseguida. A las 8:30 empezó el obligatorio - algunos se lo saltaron - simulacro. Esto consite básicamente en llegar al lugar que te corresponde en la cubierta que te toca ataviado con un chaleco salvavidas naranja y volver a tu habitación. Fui incapaz de volver a colocar el chaleco en su sitio. Después empezó la jornada de trabajo hasta la hora de la comida. Una siestecita y otra vez jarana en la cubierta 11. Esta vez con un frio - navegabamos por el mar del Norte - que hacía que fueramos todos bastante abrigados. Hubo bailes, múscia y sorteos hasta la hora de la cena. Y otra vez a empezar, osea Cena-copas- y a dormir. Al día siguiente desayuné y estuve viendo como atracabamos en Copenhague. Mientras en Madrid llovía allí hacía muy buen tiempo, no tanto como para ir sin camiseta como el 30% de los daneses con los que nos cruzamos pero solecito. Tuvimos algo de tiempo para que nos enseñaran la ciudad. Menos la sirenita que me parece un timo como el manneken pis, el resto me gustó. Los daneses son tipos que rebosan urbanidad excepto el bastardo que cogió mis Oakley. Nos cruzamos con una boda curiosa, todos iban muy de boda pero cargaban con neveras y bolsas para hacerse un picnic de celebración en alguna pradera verde.
Llegué a mi casa el sábado sobre las 12 de la noche con muchas ganas de dormir y descansar.
Si un danés ha sido capaz de robarte tus Oakley, es que el mundo está definitivamente perdido. Saludos lluviosos de cambio climático madrileño.
Publicado por: vitore | junio 10, 2008 a las 08:55 p.m.